Columnas — 10 noviembre 2017
La política del llanto la infalible queja

Hace un par de días ocurrió un suceso notable cuya circunstancia agrupa muchos de los elementos cotidianos de la nueva relación entre los ciudadanos y las autoridades. Todo se inscribe en estos días en la política del llanto, del quejido, del lamento; la amenaza asociada, el bloqueo, el pequeño motín, el linchamiento, la impotencia policiaca.

El caso no tiene nada de extraordinario, al menos en sus orígenes. Un grupo de padres de familia enojados por el cierre de una escuela en la zona residencia de Herón Proal, en la Delegación Álvaro Obregón, se negaban a llevar a sus hijos a otro plantel ubicado en el Olivar de los Padres y protestaban porque la reconstrucción de SU escuela, no se había ordenado con la diligencia por ellos requerida.

Cuando marchaban por la calle o simplmente la bloqueaban, un señor furioso, harto de todo hartazgo y de sufrir el enésimo bloqueo de sus recientes días, embistió al grupo con una camioneta. Los manifestantes lograron bloquearlo, destruirle su vehículo y casi llegar al extremo del linchamiento.

Providencialmente llegaron los granaderos y aun cuando eran muchos los del escudo y la macana; los iracundos –con más bates de beisbol y garrotes y pedruscos–, vecinos la emprendieron contra los uniformados quienes sufrieron patadas, pedradas y agresiones.

La calle se parecía a una sesión de la Asamblea Legislativa de la CDMX, donde despachan los más selváticos diputados del zoológico político nacional. En esa asamblea, ya lo hemos dicho, se ha logrado el sueño de Lenin, cuya obra centenaria ahora se recuerda en Rusia y otros países: instauraron la dictadura del proletariado. Pero los silvestres Donceles, se pasaron.

En fin.

En el fondo del zafarrancho callejero hay una actitud muy grave en la sociedad: el gobierno tiene obligaciones más allá de sus verdaderas responsabilidades. Si a la Catedral Metropolitana se le caen la fe, la esperanza y la caridad, al gobierno se le exige (sin dar nada a cambio), casa, comida y sustento.

El gobierno es responsable si hay un terremoto, si se abre la tierra, si las cosas son arrasadas por un tsunami o los volcanes vomitan fuego y crean otro pedregal como el de Copilco. Y si no es culpable de esos fenómenos, si tiene la obligación de restituir las viviendas y los negocios y todo cuanto hay (o ya no hay), solamente porque lo digo yo, como lo digo yo y cuando lo quiero yo.

Para eso eres gobierno y para eso soy un menor de edad incapaz de ganarse la vida y reparar su techo. Y si las cosas no se atienden a mi gusto, si el responsable de la reconstrucción llega briago a una junta (o yo lo acuso de tal sin haberlo comprobado), entonces grito, chillo, pataleo y hago una manifestación. Cierro una carretera, bloqueo los edificios públicos y espero confiado (y seguro) el maná prometido por el Dios de los Ejércitos.

El ogro filantrópico se ha pasado de filántropo.

En el origen del zafarrancho de la Álvaro Obregón, está la política del pedinche insatisfecho.

También la neurosis acumulada en una ciudad intransitable casi a todas horas en la cual se ha decidido para resolver el problemático tránsito de vehículos, cerrar calles, hacerlas más angostas, poner postes enanos en cada esquina; inhibir el estacionamiento, reducir las vialidades con carriles para los insufribles ciclistas (poco, pero estorbosos) y en general hacerlo todo en contra de la lógica, mientras el Metro se detiene entre estaciones, se carcachiza por la baratura de su boleto (si el clientelar 30 por ciento de los programas sociales se le diera al STC, funcionaría mejor y dejaría más votantes agradecidos)y los Metrobuses circulan por los trazos más caprichosos posibles.

Y si no, le dejo el ejemplo de Avenida Chapultepec, trazado en zig-zag.

Pero eso es en cuanto a la violencia de manifestantes y automovilistas desesperados ante la impotencia de policías pateados, quienes son ganaderos sin granadas ni autoridad.

En cuanto al zafarrancho de la Asamblea capitalina, pues poco por decir. Es una cueva de rufianes (y rufianas).

REVENTA

Usted lo puede creer o no, pero el 12 diciembre habrá en la Plaza México una corrida de toros en beneficio de los damnificados por los sismos de septiembre. Hoy todo se hace con ese motivo y vaya si se abusa de ese pretexto mientras los dineros recaudados en ese incontenible arranque de solidaridad colectiva no se han visto, como quedó muy claro en la junta de anteayer en Los Pinos.

Pero el caso de la plaza es ilustrativo: falta más de un mes y ya se vendieron tofos los boletos. No queda ni uno, excepto, claro, en la reventa.

–¿Y quién organiza tal comercio ilícito? Pues la empresa solapada por la delegación Benito Juárez en la cual no ha habido nunca un delegado capaz de meter en cintura al empresario, sea quien sea. Miguel Alemán o Bailleres. Da lo mismo.

Por eso el senador Miguel Romo ya tiene lista una iniciativa para combatir la reventa y su más visible monopolio: Ticket Master. La ilegalidad legalizada.

Desde ahora se lo digo: la iniciativa Romo; no va a funcionar nunca, como no lo ha hecho ninguna ley contra la reventa desde los tiempos coloniales. Cuando hay venta, hay reventa.
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